La idea del establecimiento de escuelas en cada pueblo con árboles alrededor y flores en las huertas, no es nueva. Aulas específicas para cada materia cuyas paredes fueran adornadas con cuadros y pizarras para enseñar, talleres y campos de juegos para los alumnos, es el cuadro que concibió el educador checoslovaco Comenio hace más de tres siglos, sobre cómo deberían ser las escuelas.

Sorprendentemente, a más de tres siglos de esa visión, nuestras escuelas del siglo XXI siguen teniendo la misma expresión y el mismo patrón que las primeras escuelas que se fundaron a mediados del s. XVII.

Una idea vieja

Nuestro sistema educativo a nivel mundial es tan obsoleto como la costumbre antigua de copiar libros a mano en una sala de escritura para luego encadenarlo a las paredes de la biblioteca del monasterio para evitar su hurto y la proliferación de su contenido. En aquella época no existían la libertad y la comodidad del internet, y las personas que tuvieran los recursos, el legado hereditario y el deseo por averiguar más de su mundo, tenían que viajar largas distancias, a las grandes ciudades de las más importantes élites, donde se almacenaban los libros en los monasterios, cuyo contenido era una compilación del conocimiento de su época.

El despertar al conocimiento

Con el invento de la imprenta, el conocimiento dejó de ser exclusiva propiedad de la Iglesia y se extendió a los círculos sociales más acaudalados, prominentes e intelectuales de la época con los miles de libros que se imprimían cada año. Con el paso del tiempo, la proliferación del conocimiento transformó las sociedades enteras de todo el mundo. La pólvora del saber alumbraba con rapidez cada ciudad y cada pueblo. Muchos pensadores, ávidos por esparcir y extender el conocimiento que recibían con la publicación de las obras de los grandes pensadores de la Antigüedad, comenzaron a escribir sus propias ideas sobre política y filosofía; entre ellos, los temas principales que se discutían eran la igualdad de derechos ante la ley, y la educación libre y gratuita. Así nacieron los primeros escritores del siglo XVIII, “El Siglo de Las Luces”, donde el conocimiento llegó a su máxima expresión dando lugar a sangrientas revoluciones que revocaron monarquías e imperios completos, cuya premisa máxima fue la igualdad social y los derechos humanos.

Toda esta ola de eventos produjo en la historia de la humanidad un despertar y gran avance científico en todas las ramas del conocimiento. Inventos, descubrimientos, viajes a lugares desconocidos, y la promesa de una época moderna que alumbraba las tinieblas de la ignorancia. Se inventaron máquinas que hacían posible el trabajo de 10 hombres, y en general, toda la vida que se conocía entonces fue rápidamente transformada en todo un sistema de producción a lo que se llamó Revolución Industrial.

La era industrial

En ese entonces, los oficios eran heredados y los niños eran enseñados de acuerdo al oficio de sus padres o tutores y a la necesidad más próxima de su entorno. Los grandes pensadores de aquellas épocas, cuyos títulos eran una vasta descripción de sus habilidades y gustos eran muy comunes. Un solo escritor tenía el título de maestro, científico, inventor, naturalista y militar; fruto del traspaso del conocimiento que sus padres o tutores le impartían bajo su propio desarrollo que extendía de acuerdo a su entorno. Pero conforme los pueblos se transformaron en grandes ciudades modernas por la industrialización, los campesinos se transformaron en obreros de fábricas. El artesano que trabajaba su propio taller y enseñaba a sus propios hijos en su oficio, se trasladó a las grandes ciudades a trabajar en las fábricas en calidad de obrero asalariado y pasó a depender del propietario de las máquinas.Los niños entonces se convirtieron en una carga para la sociedad, que decidió utilizar la mano de obra infantil, pues era muy barata. Mujeres y niños trabajaban catorce horas diarias en fábricas textiles y mineras; lugares tan inadecuados, sombríos y malsanos, que los trabajadores estaban expuestos a sufrir accidentes a cada instante. Las fábricas se convirtieron así en lugares odiosos y aborrecidas por los obreros, pero en especial, por los niños, que eran empujados al inframundo del maquinismo desde la edad de los cinco años y quienes no recibían salario alguno, más que alojamiento y comida. Las fábricas se convirtieron en verdaderas prisiones, pues los empresarios tenían el único afán de conseguir mano de obra al más bajo precio posible para las grandes demandas de la época. Rara vez un obrero textil rebasó los cuarenta años de edad.

Una solución para rescatar a los explotados

En medio de todo ese nuevo caos de la modernidad y la industrialización, el conocimiento continuó extendiéndose, y las grandes mentes de la época alzaron su voz en contra de la crueldad y la esclavitud que se les infligía en especial a los niños de las fábricas. Se propuso entonces, establecer escuelas para extender esa valiosa herramienta de la educación no solamente a las clases sociales más bajas y humildes, sino al estrato social que nadie nunca había pensado incluir: los niños.

Con las ideas que se retomaron de Comenio, las escuelas se convirtieron en un refugio contra la poderosa avalancha de la industrialización que arrastraba a las masas del siglo XIX. A los maestros se les pidió ser instruidos bajo el nuevo sistema de educación, y a cualquier otro que tuviese la vocación debería de cumplir una instrucción previa en el arte de la pedagogía antes de poder enseñar. La enseñanza cotidiana se dividió en materias para su fácil administración y fue entonces que la educación se abrió paso hacia todas las clases sociales, buscando la manera de impulsar el conocimiento desde la temprana edad.

Una idea limitada por un sistema

En el siglo XX los derechos e igualdad se vieron realizados, dando libertad tanto al hombre como a la mujer en todos los aspectos. Pero la educación, a pesar de declararse gratuita y obligatoria, se quedó encerrada en el sistema creado del siglo XIX. Buscando la manera de impulsar el aprendizaje desde una edad temprana, el propio sistema educativo actual trunca las habilidades y gustos polifacéticos que todos los humanos poseemos, y desde niños somos educados para encajar en una sociedad bajo el nombre de un solo y único título. Durante todo el ciclo escolar los niños llevan diariamente casi a rastras, sus pesadas mochilas llenas de libros nuevos que los padres tienen que comprar cada año; libros divididos de acuerdo a su materia, las cuales han sido seleccionadas bajo el programa escolar que se propuso hace más de cien años.

Conforme pasa el tiempo, cada año, los niños y jóvenes se ven forzados a memorizar cada vez más datos históricos, culturales y científicos durante las largas jornadas escolares y fuera de clases también para finalmente cursar una serie de pruebas para acreditarse bajo un único título profesional para poder sobrevivir en una sociedad moderna y sofisticada cuyas demandas superan las aptitudes que adquirió en la escuela. Fueron educados bajo un sistema creado hace siglos para suplir una necesidad que ya no existe actualmente y que se desarrolla en una sociedad totalmente diferente de la época de su creación. Se sigue creyendo que el único lugar donde están almacenados los libros y el conocimiento son las escuelas, y entonces, los hijos son enviados a esas “élites del saber”. En la actualidad, ya no se sabe de aquellas mentes brillantes que se desarrollaban multifacéticamente en otros siglos, pues las mentes del siglo XXI están siendo truncadas por el obsoleto sistema educativo antiguo que seguimos implementando y que forman profesionistas bajo un solo título.

La necesidad de revolucionar el antiguo paradigma

Gracias a los cambios socio-políticos y tecnológicos, el siglo XXI se caracteriza por la inmensa cantidad de información y conocimiento que se tiene al alcance de los dedos a cualquier hora del día, cualquier día del año, gratuitamente. La libertad que gozamos nos da acceso a un nuevo y absolutamente diferente estilo de vida integral y consciente de nuestro entorno, de nuestro presente y de nuestro futuro. Nuestros sistemas educativos tienen que evolucionar en relación a los desafíos socio-económicos y políticos actuales.
La Enciclopedia, el más grande hito de la Ilustración, marcó a toda una generación y transformó todo el pensamiento del siglo XVIII sacando a la luz el conocimiento y luchando contra la ignorancia. Actualmente, nuestra nueva “Enciclopedia” es el internet, que está dejando un gran rastro en la historia como uno de los más grandes hitos de la era moderna espacial y que abre las puertas del conocimiento y del desarrollo como individuos y como sociedades corporativas.

Tenemos el poder de transformar nuestros sistemas educativos obsoletos en estilos de vida productivos que desarrollen y activen individuos multifacéticos que sean útiles para su generación y activen a otros a serlo para su sociedad en el futuro.

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Acerca de la autora

Haniel Salazar fue educada en casa desde los 15 años, y desde entonces ha desarrollado su pasión por la historia, la investigación, las culturas y el arte. Hani es una fuente de inspiración, alegría y ayuda para quienes la rodeamos. Actualmente, ella y su esposo trabajan como fotógrafos independientes, y su anhelo es mejorar su entorno ecológica y socialmente. Visita su página aquí.

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