Lo sorprendente es que no estamos hablando de gente marginada que no tiene acceso a la escolarización, ¡sino de la gente que sí va a la escuela!

¿Cómo es posible que en un país donde, en el 2010, la población alfabetizada fue del 92.4%, la mayoría de la gente sólo lea uno o menos de un libro al año?

Tal vez todo se deba al concepto que se tiene de “alfabetización”. Para mí, este término es muy ambiguo. Según el diccionario, un alfabeto (una persona alfabetizada) es “quien sabe leer y escribir” Pero, ¿saber leer y escribir qué?

Cuando tuve la oportunidad de enseñar la materia de Comunicación Escrita para Negocios en algunas licenciaturas, me sorprendía tener que adecuar mi programa para enseñar conceptos de primaria, como reglas de ortografía y acentuación, además de agregar sesiones para practicar la lectura de comprensión… ¡para muchachos de licenciatura!

¿Entonces qué enseña la escuela?, y si no aprendieron lo que debieron aprender, ¿cómo es que llegaron a licenciatura?, ¿o será que sí lo aprendieron y lograron pasar un examen y luego se les olvidó todo? …¿entonces para qué queremos escuela?
Si trasladáramos el caso a un servicio o producto, seguramente habría muchas quejas en la Procuraduría del Consumidor.  Pero en el caso de la escuela, ¿por qué aceptamos la mediocridad del sistema, aun pagando altas colegiaturas, y nos quedamos tan tranquilos?

Por supuesto que siempre hay casos especiales de alumnos sobresalientes, pero son la minoría. Y casi puedo asegurar que en todos ellos hubo algún tipo de influencia fuera de la escuela, como la inspiración de un adulto cercano o una circunstancia adversa. Pero hablando del alumno promedio que la escuela produce, la realidad es que sus habilidades lingüísticas y culturales son deprimentes.

Quiere decir, entonces, que aunque se inviertan muchos recursos en la educación y aunque sí se eleven los índices de escolarización y alfabetización, no se incrementa el gusto por la lectura ni las habilidades de comunicación escrita. El problema es que la escuela no enseña a amar la lectura. De hecho, yo diría que enseña a detestar la lectura. Nos enseña a leer, pero no a entender lo que leemos. Nos enseña a reconocer las letras, pero no a saborear lo que se puede crear con ellas. Nos enseña el significado de las palabras, pero no a interpretar el mensaje de quien escribe. En la escuela hacemos como que sabemos leer, pero sólo como un requisito más en el trayecto para llegar a la meta final: obtener un certificado.

Y si la escuela no enseña a amar la lectura, ¿entonces quién?

En un estudio publicado en The Innovative Educator (La educadora innovadora), los resultados demostraron que los jóvenes educados sin escuela tienen mejores resultados en cuanto a:

Hábitos y actitudes de aprendizaje, Participación ciudadana y Admisión a la universidad.

Según este estudio, los jóvenes educados sin escuela tienen un 30% más probabilidades de haber leído un libro en los seis meses pasados que los jóvenes educados convencionalmente.

¿Qué hace la diferencia?

El placer por la lectura que los padres les transmiten a sus hijos a través de su conexión con ellos, no de su afán por enseñarles una destreza.

John Holt dijo:

“Creo que la enseñanza de la lectura es generalmente lo que impide la lectura. Todos los niños son diferentes y aprenden de maneras diferentes. Creo que leer en voz alta es agradable, pero yo nunca le leería en voz alta a un niño para que aprendiera a leer. Uno lee en voz alta porque es agradable y porque disfruta la compañía de otros. Uno sostiene a un niño en el regazo leyéndole esa historia que para uno es atractiva, y si no es una experiencia acogedora, cálida, amigable y cariñosa, entonces mejor ni hacerlo. No va a ser de ningún provecho”.

Cuando tú disfrutas de la lectura y compartes esa pasión con tu hijo, él:

También desarrolla un amor por la lectura.
Al leer juntos, estás creando un fuerte lazo con tu hijo, y el beneficio adicional es que debido a que la lectura es el punto de unión, tu hijo desarrolla amor por esa actividad.

Comprende lo que lee. 
Hay una diferencia entre saber leer y comprender lo que se lee. En la escuela generalmente nos enseñan a leer, pero pocas veces realmente entendemos lo que leemos.

Mejora sus habilidades lingüísticas.
Observar los signos escritos permite que los niños los retengan en su memoria y luego los reproduzcan. Además de que leer siempre ayuda a incrementar el vocabulario y aumenta la habilidad para comunicar por escrito, ya que familiariza al lector con las formas correctas de redacción, estilo y sintaxis.

Tiene un mundo de posibilidades en sus manos.
Si sabes leer bien, tienes acceso a todo el conocimiento que quieras, y si además tienes interés, entonces tienes el mundo en tus manos.

Si tú no tienes el hábito de la lectura, pero quieres establecerlo en tu hogar, y no estás completamente segura de cómo comenzar, considera las siguientes ideas:

¡Lee!
Todos sabemos que los niños aprenden por imitación, así que si no quieres que hagan algo, no lo hagas enfrente de ellos; y si quieres que hagan algo, ¡hazlo enfrente de ellos!
Consigue varios libros sobre el tema que más te apasione y comienza a leer. Cuando te levantes, lee. Pon un libro en tu bolsa y lee en tus ratos libres. Cuando los niños estén ocupados con lo suyo, lee. Cuando estés en el baño, lee. Antes de dormirte, lee.

Deja que los niños observen tu gusto por la lectura y compárteles lo que estás aprendiendo. Si el tema les interesa a ellos, mucho mejor, porque así pueden pasar un tiempo juntos leyendo lo mismo.

Lean juntos diario
Así como te preocupas por que todos los días se bañen o se laven los dientes, procura que todos los días haya un tiempo de lectura. No como algo obligatorio, porque eso echa a perder todo. Debe ser una actividad tan atractiva y deseable, que los niños te pidan hacerla. Para lograrlo, haz que ese tiempo sea muy agradable. Debe haber tranquilidad y mucho contacto físico; debe crearse el clima adecuado para que salgan temas de conversación, y aprender sobre temas interesantes.

En casa tenemos el acuerdo de que para leer nuestro libro, necesitan estar en la cama temprano. Si se quedan haciendo otras cosas hasta tarde, está bien, pero entonces ya no hay lectura. Los niños se apresuran y dejan de hacer otras cosas para estar temprano en la cama, a veces hasta media hora antes de su hora de dormir, porque verdaderamente anhelan escuchar la continuación de la historia.

Consigue libros atractivos e interesantes de todos los niveles. 
Los libros son una de las mejores inversiones que puedes hacer. Consigue todo lo que creas que puede ser interesante: enciclopedias ilustradas, libros sobre la vida en otros países, sobre animales, sobre el espacio, sobre el cuerpo humano…

Los libros infantiles pueden leerse desde que los niños son muy pequeños, ya que tienen colores e ilustraciones atractivos. Al principio puedes describir lo que hay en las ilustraciones solamente. Poco a poco, el tiempo de lectura va incrementando, a medida que el interés del niño también lo hace. Puedes poner libros en lugares estratégicos de la casa. En los lugares más cómodos o en donde pasan más tiempo. También puedes poner unos en el carro para cuando hay que viajar largos trayectos, y puedes siempre traer algunos en tu bolsa, para momentos imprevistos en los que hay que esperar.
Estos libros son perfectos para los niños que ya están comenzando a leer. Como están familiarizados con el texto y como son atractivos para ellos, de repente un día, van y solitos toman uno y comienzan a entender la lógica de la lectura.

Los libros escritos para un nivel más avanzado son perfectos para niños un poquito más grandes que se deleitan al escucharte leer los fascinantes relatos aun cuando no vean ilustraciones. Nosotros tenemos varios libros de cuentos clásicos (no infantiles) sin ilustraciones y solemos leerlos a la hora de dormir. Los más pequeños se van quedando dormidos, mientras que los demás seguimos interesados en la narración. Si queremos leer durante el día, los más pequeños hacen otra actividad como construir bloques o armar rompecabezas mientras que escuchan la narración.

Trabaja en tus habilidades narrativas.
Cuando un niño está acostumbrado a escuchar narraciones, le es mucho más fácil desarrollar la destreza de entender lo que lee. Esto se debe a que cuando está escuchando la narración, él se imagina todo en su mente; en otras palabras, entiende lo que está escuchando. Cuando sea su turno de leer, buscará imitar esa entonación para poder entender lo que está leyendo.

Si tus habilidades narrativas no son muy buenas, ahora es una excelente oportunidad para mejorarlas. Puedes leer el libro tú sola antes, para que estés familiarizada con el texto y entiendas bien de qué se trata. Luego, dale la entonación correcta respetando los signos de puntuación. Usa inflexiones de voz para las partes emocionantes o de suspenso. Finge la voz para distinguir a los personajes y al narrador. ¡Haz que tu relato los mantenga con la boca abierta!

La solución al bajo índice de cultura de nuestro país está en tus manos. Tú tienes el potencial de aportar ciudadanos con altas destrezas lingüísticas que amen la lectura.

¿Qué esperas? ¡Comienza ya!