En días pasados se celebró la Semana Internacional de la Crianza en Brazos, y me sentí inspirada a compartir mi experiencia acerca de los beneficios haber llevado a mis hijos “a bordo”, y ahora, cómo siguen incluidos en mis actividades diarias. Te invito a leer el artículo en el blog de mi amiga Roxy González, Escuela de Padres Primerizos.

Y aprovechando la vuelta, te sugiero que te des una vueltecita por su blog, donde tiene información muy valiosa sobre muchos temas relacionados con la Crianza con Apego.

Cuando mis hijos nacieron, instintivamente busqué la manera de facilitarme la vida y ahorrarme dolores de espalda, así que me hice de un canguro en el que traje cargados a mis tres bebés los primeros meses de su vida. Para mí fue estupendo… ¡y supongo que para ellos también!

Era muy cómodo traerlos conmigo y al mismo tiempo tener “manos libres” para cocinar, sacudir, ir al súper, ir al parque, jugar con los más grandecitos, ¡y hasta ir al baño!
Ellos disfrutaban de ser parte de todas las actividades que yo realizaba mientras que sentían un abrazo cálido y continuo.

Ahora que he descubierto acerca de la crianza con apego, leo toda esta información con un sentimiento de profunda alegría y algo de nostalgia también. La alegría por saber que tantas madres están arrebatándole autoridad a los paradigmas sociales y culturales, y se la están devolviendo a su propia intuición de madres. Y la nostalgia de desear haber amamantado por más tiempo, de haber dejado que mis niños durmieran conmigo desde pequeñitos, ¡y de haber sabido que existían los fulares!

Hace unos meses, mi querida amiga de la infancia, Paola, tuvo a su primer bebé. El mejor regalo que se me ocurrió darle fue un fular, y ahora compruebo que así lo fue. Yo no conocía los fulares más que en fotos, hasta ese día en que abrimos el suyo y me lo probé. ¡Qué hermoso!, ¡qué bonita tela y qué comodidad!
Mamá y bebé han estado felices. Pao, que es fotógrafa, realizando sus actividades con total libertad; y la bebé, absorbiendo toda la novedad del mundo que le rodea, al mismo tiempo que absorbe todos los nutrientes del amor y cuidado de su mamá.
Ella me comentaba:

“Al tercer mes, los bebés ya pesan mucho como para seguir amamantando y andar haciendo cosas; tal vez por eso en algunos casos no se lleva la lactancia a períodos mas largos. Creo que cuando se siente que amamantar o tener al bebé en brazos “quita tiempo” es porque no se ha integrado al bebé a las actividades personales de la madre. El fular me ha resultado una ayuda enorme para que en la medida de lo posible se dé esa integración.
Traerla conmigo durante el día me permite amamantarla al cien por ciento al mismo tiempo que tengo las manos libres para continuar con los proyectos que tenía antes de su llegada. Y si amamanto sentada, entonces aprovecho para observarla, hablarle, y conectarme con su mirada. Ni pensar que me pusiera a ver tele durante esos momentos”.

En días pasados se celebró la semana internacional de crianza en brazos, por lo que me sentí inspirada para escribir sobre este tema; y aunque se escoge una sola semana para celebrar este concepto, yo creo que su trascendencia va mucho más allá. El apego no es solamente una serie de rituales, sino una actitud constante, un entendimiento de las necesidades de los niños. Asumir la responsabilidad de la crianza de nuestros hijos es un estilo de vida.

Hace un tiempo escuché de un libro que captó mi atención: “The continuum concept” (El concepto del continuum), de Jean Liedloff. Una mujer que vivió en la tribu de los Yequana en Venezuela. Su observación a esas madres y a la manera en que se relacionaban con sus hijos, cambió su manera de pensar y de ver la cultura occidental. No me quedé con las ganas de saber más, y hace como dos años leí ese libro. Su lectura no es muy fácil, pero vale la pena.

Algo que me sorprendió mucho saber es que las madres de esas sociedades llevan a sus bebés en la espalda continuamente mientras que ellas siguen con sus tareas cotidianas. Los niños están felices allá arriba, siendo parte de la acción que se lleva a cabo día con día. Para cuando están listos para “bajarse”, conocen todo lo que se hace en su sociedad y quieren ser parte de ella, por lo que tienen una actitud de cooperación y servicio. En vez de hacerlos a un lado, sus mamás confían en ellos y los animan a involucrarse y a participar en tareas que ante nuestros ojos occidentalizados parecerían peligrosas. Para los cuatro o cinco años de edad, un niño es una verdadera fuerza laboral para su familia. En vez de ver a los niños como una carga, se les ve como miembros productivos de la sociedad. Esa perspectiva hace que los niños crezcan con un sentimiento de satisfacción, pertenencia y plenitud.
Ella escribe:

“…Lo que se entiende aquí como “correcto” es lo que resulta adecuado para el antiguo continuum de nuestra especie, ya que se adapta a las tendencias y expectativas con que hemos evolucionado. Las expectativas, en este sentido, se encuentran tanto en el hombre como en su propio diseño. Sus pulmones no solo contienen aire, sino que puede decirse que son una expectativa de él; sus ojos, una expectativa de luz…
El continuum humano también puede definirse como la secuencia de experiencias que corresponde a las expectativas y tendencias de nuestra especie en un entorno consecuente con aquello en lo que esas expectativas y tendencias se formaron. Incluye, además, que las otras personas que forman parte de aquel entorno se comporten y nos traten adecuadamente.
El continuum de un ser es completo. Sin embargo, forma parte del continuum de su familia, el cual a su vez forma parte del continuum de su clan, comunidad y especie, al igual que el continuum de la especie humana forma parte del continuum de la vida.”

Yo estoy convencida de que cuando estamos dispuestas a traer a nuestros hijos a bordo, el bebé adquiere una gran seguridad al saber que es valioso, ya que sus necesidades son suplidas y no pasadas por alto. Cuando ha satisfecho su necesidad de ser cargado, un día se baja de allí y se enfrenta al mundo con naturalidad. Para mí, ése es el comienzo de la definición de su identidad como ser humano. Un niño con una identidad bien definida es un ser humano seguro e independiente.

Ahora que mis hijos son mayorcitos, nosotros les hemos dado la libertad de que aprendan de la vida real acompañándonos a su papá y a mí en todas nuestras actividades cotidianas, sin ir a la escuela. Ellos van aprendiendo cómo funciona su hogar, cómo funciona su sociedad, y qué es lo que se espera de ellos, ya que se les permite participar y ser parte de todo lo que les rodea.
La identidad de nuestros hijos comienza a definirse desde el momento que nacen, pero continúa fortaleciéndose durante los siguientes años. Nuestra participación como padres en ese proceso es vital: debemos ayudarles a que sepan quiénes son, a que entiendan cómo funciona su sociedad y cuál es su participación en ella, por lo que considero que para aprender a vivir en el mundo, es necesario vivir en él, no ser apartado de él.

Llevar a tu hijo a bordo, involucrarlo en tus actividades personales y estar dispuesta a invertirte en su vida, rendirá frutos permanentes en tu relación con él y en el concepto que él tenga de quién es y para qué está aquí.