Antes de pensar en qué libros vas a usar o cuál currículum vas a seguir, debes dedicarte a establecer la relación que te permitirá construir encima todo lo demás. Tú puedes construir mucho en el exterior, pero si no llegas al corazón, tarde o temprano esa construcción se caerá porque no está afianzada desde dentro. Por esto yo creo que lo más importante es enfocar todos tus esfuerzos a recuperar y fortalecer la conexión con tus hijos, antes de buscar comportamiento, modales o educación. Una conexión sólida te brinda la capacidad de atraer y fascinar naturalmente, ganarte su confianza y luego, guiar asertivamente.

Existen muchas maneras en las que podemos acercarnos a nuestros hijos diariamente, y cada relación entre una mamá y su hijo es única. A continuación te comparto las mejores y más significativas maneras en las que yo busco conectarme con mis hijos:

1. Escuchar con atención

La atención para mí tiene dos caras: por un lado, yo espero que mis hijos me den su atención, pero por el otro lado, yo se la doy a ellos sin regatear. Esto significa mantener una actitud constante de verdadero interés y aprecio por ellos. Que todos mis sentidos estén presentes y no solamente mi cuerpo mientras que mi mente vaga por otros mundos.

Cuando me hablan, dejo de hacer lo que estoy haciendo, los miro a los ojos, hago preguntas inteligentes y sinceras que les demuestren que verdaderamente estoy interesada, y no me alejo hasta que estoy segura de que transmitieron su mensaje completo. Cuando yo hablo, les pido que me vean a los ojos, utilizo un lenguaje adecuado a su edad, hablo con claridad, con gestos faciales expresivos, y me aseguro de que entendieron mi mensaje completo.

El mal comportamiento en realidad es un síntoma de falta de atención. Cuando los niños interrumpen, hacen berrinches o están inquietos, está sonando la alarma de que su “tanque” de atención se está vaciando. Un niño bien atendido está tranquilo, seguro y feliz.
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2. Mantener las vías de comunicación abiertas y ventiladas… no obstruidas

Desde que mis hijos eran pequeños y no hablaban todavía, yo constantemente les platicaba, les narraba lo que estaba sucediendo a su alrededor, les describía lo que veían. Ahora que ya hablan bastante bien, tenemos charlas constantes, y de ellas siempre surgen preguntas, cuestionamientos, motivos por los cuales investigar y buscar respuestas. Me encanta escucharlos, responderles y hablar siempre como lo haría con cualquier adulto. Ellos se sienten considerados, tomados en cuenta e importantes, y su vocabulario crece día a día.

Es importante también, que esa plática continua no se convierta en un monólogo que obstruya las vías de comunicación. Un buen comunicador sabe cuándo hablar y también sabe cuándo callar para permitir que otros hablen.
Sé muy precisa en escoger tus palabras; un solo mensaje conciso y oportuno es mucho más efectivo que largos sermones repetitivos una y otra vez.

3. Descifrar las motivaciones detrás de las acciones

Todos sabemos que los niños son inmaduros y aun no cuentan con las palabras que les permitan decirnos cómo se sienten. Sin embargo, aunque todos lo sabemos, pocas veces sabemos cómo reaccionar cuando los niños pequeños lloran o hacen berrinches.

Estar cerca nos permite observar y conocer al niño de tal manera que sepamos con exactitud cuáles son sus necesidades detrás de sus acciones. La mayoría de las veces que los niños “se portan mal”, en realidad están expresando que hay una necesidad no suplida: sueño, hambre, cansancio, falta de atención… Si nos tomamos el tiempo y si tenemos el suficiente dominio propio para estar calmados en medio de una explosión emocional y ver más allá de las lágrimas, tendremos más posibilidades de ayudarles a nuestros niños a resolver sus problemas de raíz y a darles herramientas para comunicarse adecuadamente.

Cuando un niño sabe que su adulto entiende cómo se siente, se encuentra mucho más dispuesto a escuchar y a recibir explicaciones.

4. Utilizar sus intereses para acercarme a ellos

La clave de la verdadera socialización radica en crear relaciones sinérgicas con quienes eres afin. Cuando encontramos otras personas que comparten nuestras pasiones, se crea una conexión. Al estar conectados, sus recursos te alimentan y los tuyos le alimentan a él.

En cuanto a nuestros hijos, es posible que sus intereses no sean los mismos que los tuyos, pero con un poco de voluntad podemos convertir esos intereses en un punto de conexión. Yo no soy muy afecta a los videojuegos, pero a mis hijos les encantan. Yo les hago preguntas de las reglas del juego, de los personajes, de las historias, y ellos, expertos en el tema, me conceden cátedras generosamente. Yo no juego igual que ellos ni lo disfruto tanto como ellos o su papá, pero el hecho de estar allí cerca, preguntándoles, mostrándoles mi interés, celebrando sus triunfos junto con ellos y disfrutando de su compañía, fortalece mi conexión con ellos de una forma especial.

Lo importante no es lo que les gusta en sí, sino el grado de conexión que tú obtienes de esos gustos. Los niños pasan de una etapa a otra muy rápidamente, y sus gustos también cambian continuamente, pero tu conexión con ellos no pasa, sino que se fortalece con el tiempo. En vez de poner sus intereses como una barrera entre tú y él, utilízalos como un puente que te lleve hasta lo profundo de su corazón.

5. Hacerlos mis socios

En vez de simplemente acarrear a mis hijos en todas nuestras actividades, trato de hacerlos mis socios y así, involucrarlos en todo lo que está sucediendo y que es importante para nuestra familia.

Cuando vamos a salir, les explico a dónde vamos, por qué, cómo debemos comportarnos, de qué se trata la visita, a qué horas regresaremos; cuando vamos de compras, hacemos una lista de lo que necesitamos comprar, y ellos me ayudan a checarla para que no nos falte nada; cuando quiero que trabajemos en algún proyecto, trato de inspirarlos explicándoles cuál es el objetivo, juntos conseguimos los materiales y compartimos la alegría de verlo terminado; cuando tengo que terminar la comida rápido o el aseo de la casa, les explico por qué es importante hacerlo y les pido su ayuda para poder terminar más rápido; cuando estoy platicando con otros adultos y los niños comienzan a llamar la atención, mi estrategia no es reprimirlos o amenazarlos, sino simplemente, ponerles atención: volteo a verlos, les hago comentarios, les explico lo que está pasando, los motivo para que escuchen la conversación de los adultos, les recuerdo que es importante escuchar y no interrumpir, y también preparo algunas actividades adecuadas para ellos en las que puedan estar ocupados en sus lugares, mientras que los adultos conversamos.

Si nos damos el tiempo de involucrar a nuestros niños y hacerlos sentir que son parte de lo que está sucediendo a su alrededor, que son nuestros cómplices, ellos muestran un deseo natural de cooperar. Muchas veces ellos me han dado la solución a algún problema que yo no sabía cómo resolver. Además, es muy satisfactorio para mí, tener la libertad de ir a cualquier lugar público, sabiendo que mis hijos sabrán actuar apropiadamente.

6. Reforzar la identidad de clan

Toda esa dinámica de incluirlos y explicarles lo que sucede, va creando una identidad de pertenencia, de equipo, de clan. Esa plática y ese compartir continuo hace que los niños deseen mantenerse cerca y pocas veces es necesario decirles que no se alejen, en un lugar público.

Tenemos en mente el concepto de que al ser un equipo, debemos protegernos y mantenernos juntos. Tomamos las decisiones en unanimidad, como cuando cada niño quiere hacer cosas diferentes, entonces hablamos y llegamos a algún acuerdo en el que todos queden contentos.

Utiliza cada momento del día y cada actividad – por más aburrida o monótona que sea – como una oportunidad para alimentar tu relación con tus hijos, su unidad, su mundo juntos.

7. Procurar mucho contacto físico y cercanía

Creo que está por demás decir que todos tenemos una necesidad de contacto físico. Pero lo que no está por demás decir, es que los niños necesitan esa cercanía y de ninguna forma se malcrían por abrazarlos mucho o llevarlos en un rebozo todo el tiempo o dejarlos dormir junto a nosotros.
Por el contrario, ellos perciben nuestra aceptación total de su persona, lo que les ayuda a ir dándole forma a su identidad.

El contacto físico, además, fortalece nuestra conexión intensamente. Para mí, nunca son demasiados besos o demasiados abrazos cuando se trata de mis hijos; un juego de luchas o de cosquillas casi siempre se convierte en una sesión de besos y abrazos.

Esto no quiere decir que fastidiemos a los niños con mimos empalagosos. Cuando ellos están concentrados en otra cosa o no tienen ganas de dar un beso o un abrazo, debemos respetarlos. Es mejor pedirles el beso o acercarse sigilosamente y esperar su respuesta. Y por supuesto, siempre dejar de hacer lo que estamos haciendo para responder a la caricia de una pequeña manita, o a la petición de dormir en nuestro cuarto. No sabemos cuántos años vivirán con nosotros, pero los que sean, disfrutémoslos intensamente.

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En conclusión, pues, estar dispuestos a darnos por completo a nuestros hijos tiene sus grandes recompensas: hijos seguros, felices, que pueden integrarse a su sociedad. La conexión se establece desde muy temprano, desde el vientre, pero puede retomarse a cualquier edad. Si hay conexión, todo lo demás vendrá naturalmente.

Si deseas saber cómo fortalecer a tu familia,
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