En una ocasión, Bill Hull me dijo: “Si les enseñáramos a los niños a hablar, nunca aprenderían”. Al principio pensé que estaba bromeando. Pero ahora me doy cuenta de que era una verdad muy importante.

Supongamos que decidiéramos que tenemos que “enseñarles” a hablar a los niños. ¿Cómo lo haríamos? Primero, algún comité de expertos analizaría el habla y la separaría en un número de “habilidades del habla” individuales. Probablemente diríamos que ya que el habla se conforma de sonidos, primero se le tiene que enseñar al niño a hacer todos los sonidos de su lengua antes de enseñarle la lengua en sí misma. Sin duda listaríamos esos sonidos, los más fáciles y comunes primero y los más difíciles y raros después. Luego comenzaríamos a enseñarles a los infantes esos sonidos, siguiendo nuestra lista. Tal vez, para no “confundir” al niño –“confundir” es una palabra malvada para muchos educadores– no dejaríamos que el niño oyera tantas conversaciones ordinarias, sino que sólo le permitiríamos exponerse a los sonidos que estamos tratando de enseñar. Junto con nuestra lista de sonidos, tendríamos una lista de sílabas y otra de palabras. Cuando el niño hubiera aprendido a hacer todos los sonidos de la lista de sonidos, comenzaríamos a enseñarle a combinar los sonidos en sílabas. Cuando pudiera decir todas las sílabas de la lista, comenzaríamos a enseñarle las palabras de nuestra lista de palabras. Al mismo tiempo, le enseñaríamos las reglas gramaticales para que pudiera combinar estas palabras recientemente aprendidas en enunciados.

Todo estaría planeado, sin dejarle nada a la casualidad; habría bastantes ejercicios de práctica, repasos y exámenes, para asegurarnos de que nada se olvidara. Supongamos que realmente intentáramos esto; ¿qué pasaría?

Lo que pasaría, sencillamente, es que muchos niños, antes de que pudieran llegar muy lejos, estarían frustrados, desanimados, humillados y con miedo; y dejarían de intentar hacer lo que se les pidiera. Si, fuera de nuestras clases, vivieran una vida de niño normal, muchos de ellos probablemente ignorarían nuestra “enseñanza” y aprenderían a hablar por su cuenta. Si no, si nuestro control de sus vidas fuera total (el sueño de demasiados educadores), entonces se refugiarían en el fracaso y el silencio deliberados, tal como muchos de ellos lo hacen cuando lo que se les quiere enseñar es a leer.

Fragmento tomado del capítulo “Habla” del libro How children learn, de John Holt.
Traducción: Priscila Salazar

Bill Hull once said to me, “If we taught children to speak, they’d never learn”. I thought at first he was joking. By now I realize that it was a very important truth. Suppose we decide that we had to “teach” children to speak. How would we go about it? First, some committee of experts would analyze speech and break it down into a number of separate “speech skills”. We would probably say that, since speech is made up of sounds, a child must be taught to make all the sounds of his language before he can be taught to speak the language itself. Doubtless we would list these sounds, easiest and commonest ones first, harder and rarer ones next. Then we would begin to teach infants these sounds, working our way down the list. Perhaps, in order not to “confuse” the child – “confuse” is an evil word to many educators – we would not let the child hear much ordinary speech, but would only expose him to the sounds we were trying to teach. Along with our sound list, we would have a syllable list and a word list. When the child had learned to make all the sounds on the sound list, we would begin to teach him to combine the sounds into syllables. When he could say all the syllables on the syllable list, we would begin to teach him the words on our word list. At the same time, we would teach him the rules of grammar, by means of which he could combine these newly learned words into sentences. Everything would be planned, with nothing left to chance; there would be plenty of drill, review and tests, to make sure that he had not forgotten anything.
Suppose we tried to do this; what would happen? What would happen, quite simple, is that most children, before they got very far, would become baffled, discouraged, humiliated, and fearful, and would quit trying to do what we asked them. If, outside of our classes, they lived a normal infant’s life, many of them would probably ignore our “teaching” and learn to speak on their own. If not, if our control of their lives was complete (the dream of too many educators), they would take refuge in deliberate failure and silence, as so many of them do when the subject is reading.

Taken from the chapter “Talk” from the book How children learn, by John Holt.

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