En este capítulo, algunos padres nos permiten echar un vistazo a las formas en que los niños usan el juego, la fantasía, los juegos de rol, la poesía, el canto, el drama y el arte como una forma de explorar y entender el mundo. Parte muy importante de su vida y crecimiento.

Se han hecho diversos estudios persuasivos para demostrar que los niños que son buenos para fantasear son mejores tanto para aprender acerca del mundo como para aprender a lidiar con las sorpresas y decepciones en él. No es difícil ver el porqué. En la fantasía hay forma de probar situaciones, de sentir cómo serían o de cómo nos sentiríamos en ellas, sin tener que arriesgar demasiado. También hay forma de hacer frente a malas experiencias reproduciéndolas una y otra vez en nuestra mente hasta que pierden gran parte de su poder para lastimarnos, o hasta que logramos sacarlas de maneras que nos hagan sentir menos derrotados y tontos.

Para una vida de fantasía saludable y activa, los niños necesitan tiempo, espacio y privacidad; o al menos, tanta compañía como ellos decidan tener. Obviamente, la escuela o cualquier otra situación de grupo –guardería, jardín de niños, grupos de juego, etc.– no permiten mucho que esto suceda. Puede que lo peor de todo sea que los niños casi siempre están bajo el control de los adultos, quienes, si bien les permiten tener una vida de fantasía, sienten que deben supervisarla, entender lo que significa, juzgarla y hacer uso de ella.

Fue precisamente por esta razón que un libro bien intencionado y muy elogiado, escrito hace unos diez años, llamado Fantasy and Feeling in Childhood (Fantasía y Sentimiento en la Infancia), me pareció –y me sigue pareciendo– profundamente equivocado. Su mensaje principal (y seguro que hay muchos libros como éste) era que si quienes trabajamos en escuelas prestáramos suficiente atención a las vidas de fantasía de los niños, podríamos aprender a entenderlas y manejarlas para nuestros propios fines.
Ello significaría un gran error y una gran equivocación. En vez de eso, debemos contentarnos con ver y disfrutar hasta donde los niños nos permitan ver y ser parte de sus vidas de fantasía, si es que ellos nos lo piden y si nosotros podemos hacerlo, feliz y espontáneamente. De lo contrario, deberíamos dejarlos solos. La fantasía de los niños es útil e importante para ellos por muchas razones, pero sobre todo porque es suya: la única parte de su vida que está bajo su control por completo. Debemos resistir la tentación de hacerla nuestra.

También debemos resistirnos a la tentación igualmente grande de pensar que esta parte de la vida de los niños es menos importante que aquellas en las que hacen algo «serio», como leer, escribir, hacer tareas escolares, o algún encargo; o de pensar que sólo podemos permitirles tiempo para la fantasía después de que hayan terminado todo el trabajo importante así como les daríamos un poco de caramelo después de la comida. Para los niños, el juego y la fantasía son uno de los platos principales de la comida, y deben tener la oportunidad de practicarlos no solamente en los pequeños ratos que quedan después de hacer todo el trabajo «importante», sino cuando están más llenos de energía y entusiasmo.

Actualmente hablamos de «tiempo de calidad». Los niños necesitan el mismo tiempo de calidad para sus juegos y fantasías que para lectura y matemáticas. Necesitan jugar bien al igual que necesitan leer bien. De hecho, si observáramos a esos niños que no son buenos para jugar, soñar o fantasear, probablemente encontraríamos que por lo general tampoco son muy buenos para leer. En todo caso, aquí hay algunos buenos relatos acerca de esta parte de la vida de los niños.

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Policías y ladrones

Una madre escribe acerca de un perenne juego de niños y sus propios recuerdos de él:

Nunca nadie me dijo que no jugara con pistolas. Pero cuando era niña y la pandilla jugaba policías y ladrones, yo tenía problemas porque no me podía «morir». Cuando un niño me disparaba, yo quería tirarme al suelo y morirme, pero por alguna razón, no podía y solamente me quedaba allí parada con aspecto aturdido. Y cuando yo le disparaba a alguien, simplemente me ignoraba porque sabía que realmente no lo había matado.

Cuando crecí y tuve a mis hijos, quienes me han enseñado a jugar policías y ladrones, me di cuenta de que yo fui una niña muy esquizoide, muy tensa, totalmente carente de espontaneidad, al margen del AHORA; y jugar a las pistolas es una forma en que los niños realmente se introducen junto con otros niños en un presente muy rápido y lleno de acción.

cf084a583f8d7954c101a327f60862a6Después de unos 15 años de observar este tipo de juegos, puedo concluir que sólo los niños de espíritu muy libre son quienes pueden jugar un buen juego de policías y ladrones, y que muchas partidas son finalizadas por un niño que sí tiene sentimientos de violencia y crueldad, que provoca un «accidente» en el que alguien sale lastimado. Por lo general ese niño quiere que el juego termine porque siente celos: no puede compartir la diversión; no porque los demás lo hayan excluido, sino porque él no es capaz de jugar.

Yo no creo que «jugar a las pistolas» en general, tenga algo que ver con armas, violencia, hostilidad o crueldad; es un juego de alerta. Junto con la alerta se desatan otros sentimientos además de alegría, que se pueden explotar al experimentar el sonido del gatillo de una pistola de juguete, por ejemplo.

Creo que el juego de pistolas funciona así: Si yo estoy más alerta que tú, puedo dispararte ¡y tú debes morirte! Si tú me sorprendes, entonces yo SÉ que estuviste más alerta que yo porque tú me sorprendiste a mí, así que debo morirme. Entonces renuncio a estar alerta (para caerme al suelo) hasta que una oleada interior me dice que estoy listo para revivir: ¡MÁS vivo que antes! A veces nos atrapamos exactamente al mismo tiempo, y entonces debemos luchar: ¡Bang! ¡Bang! ¡Pium! ¡Pium! ¡Te di! ¡No, no me diste, yo te di primero! –hasta que ambos sabemos que uno de los dos ha superado al otro. ¡Uno de los dos debe morirse y revivir de nuevo!
Si, en cambio, uno de los dos se ENOJA, entonces el juego se termina rápidamente.
¡Cómo me encanta un buen y ruidoso juego de policías y ladrones!
Soy un viejo fósil de casi cuarenta que no podría jugar pistolas ahora para redimir su alma, pero al menos todavía recuerdo que aprendí algo de algunos niños hace mucho tiempo.
Estoy tratando de decirte algo que solamente se puede experimentar, lo que me dice que soy una tonta. Por lo tanto, mi sugerencia es que encuentres un niño libre de espíritu (¿tal vez tengas uno en casa?) y descubras qué puedes aprender de él.

Yo creo que lo mejor es aprender a mirar el espíritu –los sentimientos expresos– en todo lo que hace tu hijo, y ver más allá del objeto material. Después de todo, un niño puede expresar sus sentimientos de crueldad y hostilidad al acariciar al perro, y puede expresar su alegría y deleite al disparar su pistola. Si tu hijo es un niño alegre y QUIERE una pistola, yo pienso que debes confiar en su alegría ya que la Biblia dice que las cosas de este mundo son perecederas, pero las cosas del espíritu permanecen, y en lo personal yo creo que los niños nacen sabiendo esto.

Incluso si un niño usa su pistola de juguete para drenar su enojo y hostilidad sin lastimar algo o a alguien, ¿qué hay de malo en eso? Mi esposo dice que él recuerda haber tenido esos sentimientos cuando jugaba de niño (aunque yo nunca he visto tales sentimientos expresados cuando mis hijos juegan pistolas). Él dice que pensaba que era bueno tener ese escape, puesto que su hogar era muy desdichado.

Traducción: Priscila Salazar
Fragmento tomado del capítulo «Serious Play»
Del libro Teach Your Own, de John Holt.

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