En algún momento de mi infancia me enteré de algo que, a esa edad, me pareció extrañísimo: a muchos niños sus papás les decían que Jesús siendo bebé, o un señor vestido de rojo, o tres hombres de la antigüedad venían cada año en Navidad o Día de Reyes (dependiendo del lugar y las creencias) a traerles regalos si se habían portado bien durante el año.

«¿Y los niños de verdad lo creen? ¿Por qué los papás les cuentan eso?», le preguntaba consternada a mi papá, y por más que él trataba de explicarme que lo hacían para que sus hijos estuvieran contentos y disfrutaran de creer en una fantasía, yo me sentía más confundida. «¿Por qué los papás gastan su dinero para que su hijo crea que ese regalo viene de un ser imaginario? Si el niño no sabe quién se lo compró, ¿a quién le va a decir gracias?» Mi papá me explicaba que esos papás no querían quitarles la ilusión a sus hijos, pero yo seguía desconcertada, porque para mí, saber quién me daba los regalos era justamente lo que me causaba ilusión en esta época.

Algunas semanas antes de Navidad, mis papás nos decían a mis hermanas y a mí cuánto dinero podíamos gastar en regalos y luego nos llevaban a escogerlos. En mi ciudad había una juguetería enorme con todos los juguetes que un niño se puede imaginar, y con un práctico sistema de apartado. Subirnos al carro sabiendo que iríamos allí era de lo más emocionante. Llegando, mis hermanas y yo jugábamos carreritas hasta el sótano, donde estaba la sección de juguetería. Recorría esos pasillos interminables llenos de color que olían a plástico nuevo, tratando de contener el éxtasis. Era mágico. Qué ilusión poder escoger algo para mí. 

Después de un buen rato deliberando, finalmente llevábamos los juguetes elegidos al mostrador, donde se quedarían hasta que mis papás los recogieran. Entonces venía la etapa de espera. Todas las noches jugábamos en la sala, alrededor del arbolito de navidad, embelesadas por las lucecitas de colores, imaginándonos el momento de tener por fin los regalos en casa. ¡Qué ilusión! 

Y entonces sucedía. Un día, ya muy cerca de Nochebuena, al pasar por la sala veíamos que habían aparecido varios regalos bajo el árbol. Qué emoción ver esas cajas hermosamente adornadas, con etiquetas que decían nuestro nombre y alguna frase cariñosa escrita con el puño de mi mamá. Sabíamos que esos regalos no solamente contenían lo que habíamos escogido y esperábamos con ansias, sino también el arduo trabajo y el amor de mis padres por nosotras. 

La noche del 24 hacíamos una gran cena con familiares y amigos, y a medianoche era el evento esperado: ¡Abrir los regalos! Esos momentos forman parte de los recuerdos más bonitos que atesoro. Familia y amigos en casa, comida rica, regalos –a veces muchos, a veces pocos–, pero siempre llenos del amor y el esfuerzo de mis padres. Los abrazábamos y les agradecíamos por darnos tanta alegría.  

Ahora que soy adulta, veo que el hecho de que mis papás decidieron ser sinceros y hacer planes junto con nosotras para Navidad y para cualquier ocasión, nos ayudó a crecer no siendo indiferentes a nuestro entorno familiar, sino teniendo una actitud dispuesta a adaptarse y sobre todo a agradecer lo que teníamos, fuera mucho o fuera poco. Sabíamos que era fruto de su trabajo y lo valorábamos. Además de que esa apertura también nos hizo desarrollar confianza mutua, de modo que ahora podemos hablar de cualquier tema, sea fácil o difícil, porque sabemos que no necesitamos ocultarnos nada.

Mis papás me cuentan que ellos también disfrutaban vernos felices, sin la presión de tener que cumplir con una lista de encargos para los que probablemente no habrían tenido fondos suficientes. Sentían la tranquilidad de poder hablar con nosotras y explicarnos la situación y de que nosotras estaríamos agradecidas con lo que pudieran darnos. Ellos querían hacernos felices por el simple gusto de vernos disfrutar con algo especial, no porque quisieran manipular nuestro comportamiento durante el año ni porque quisieran alimentar una fantasía. 

Hablarles a mis hijos con la verdad ha sido uno de mis objetivos más importantes desde que me convertí en mamá, y también uno de los retos más grandes. Sé que para los niños, lo que dicen y hacen sus papás tiene un gran peso, así que pongo mucho cuidado en que mis palabras y mis acciones sean congruentes.

«¿Me va a doler cuando me cures la herida?» 
«¿Pero sí te vas a meter a la alberca conmigo?» 
«¿Por dónde nacen los bebés?» 
«¿Nuestro gato Touché se va a aliviar o se va a morir?» 
«Me dijiste que después de recoger la cocina ibas a jugar conmigo».

Muchas veces habría preferido decir una mentirilla piadosa para que dejaran de llorar o para convencerlos de hacer algo o para evitar conversaciones incómodas, y muchas otras habría preferido no cumplir mi palabra para irme a descansar; pero yo sé el daño que puede causar una promesa no cumplida o un engaño en el corazón de un niño. Y retorcer la verdad a nuestra conveniencia con tal de manipular el comportamiento de un niño me parece uno de los actos más bajos que podemos hacer aprovechándonos de nuestro estatus de adultos.

Por otro lado, inculcarles el hábito de pensar críticamente también ha sido una meta importante en nuestra familia, y para eso, la confianza es clave. Recuerdo que cuando mis niños estaban comenzando a descubrir el mundo, su sed de conocimiento era insaciable. A esa edad todavía no tenían datos suficientes para distinguir la ficción de la realidad, por lo que yo era su fuente principal de información. 

«Mamá, ¿Supermán es real o imaginario? ¿El monstruo del lago Ness sí existe? ¿Es cierto que si te subes a un cohete puedes ir a la luna? ¿En el mar hay sirenas? ¿De verdad viene un ratón en la noche a llevarse mi diente? ¿Los dinosaurios sí existieron? ¿Y el Arca de Noé?» Muy pronto sus preguntas sobrepasaron mi capacidad cognitiva y fue entonces cuando les enseñé a investigar, a discernir y a analizar los datos en busca de respuestas. 

¿Cómo podría haberlos mirado a los ojos mientras les aseguraba que era verdad algo que yo sabía era falso? ¿Con qué autoridad podría haberles pedido que me dijeran la verdad si yo misma me hubiera reservado el derecho de decidir cuándo decirla y cuándo no? ¿Cómo podría haberles enseñado a analizar todo, a cuestionarlo todo, a no creer todo lo que les dicen, si yo misma les hubiera presentado información sesgada como si fuera cierta? ¿Cómo habrían podido confiar en mí si se hubieran dado cuenta de que les había mentido deliberadamente?

Uno de mis grandes motivadores en la vida es contribuir a que los papás experimenten una conexión más profunda con sus hijos, y esta época festiva es una oportunidad magnífica para acercarnos a nuestros hijos, para no condicionar nuestro cariño a su comportamiento, para invitarlos a reflexionar, para hablarles con la verdad y que su confianza en nosotros crezca. Que lo que sea que hayas decidido contarle a tu hijo y como sea que hayas decidido celebrar sea fruto de una reflexión profunda en el tipo de relación que quieres cultivar con él: ¿Por qué quiero crearle esta ilusión? ¿Puede haber ilusión sin dañar mi credibilidad? ¿Qué voy a hacer si mi hijo se entera de la verdad y lo resiente? Mis prácticas, no solo en estas fechas sino todos los días, ¿están fortaleciendo nuestra conexión?

Como papá o mamá, tienes un tesoro muy valioso: credibilidad ante los ojos de tu hijo. Está en tus manos determinar por cuánto tiempo quieres que siga creyendo en ti. Esa es la ilusión más grande que deberíamos cuidar.

Un comentario sobre “La ilusión más grande que deberíamos cuidar

  1. Excelente reflexión!! Hace varios años atrás mi esposo y yo también decidimos dejar de trasjiversar la verdad y además de todo dejar de darle el crédito a un ser imaginario por nuestro esfuerzo de todo el año y ha Sido de las mejores decisiones que hemos tomado como padres, hablarle siempre con la verdad a nuestro hijo , por muy dura que está pueda ser, siempre acompañada de razones , invitándolo a reflexionar y crear su propio razonamiento al respecto de cada situación. Después de siempre hablarle con la verdad se abrió un lazo de mucha confianza entre los 3 como familia y se ha ido fortaleciendo de forma natural, además de crear en mi hijo una capacidad de entender mejor su entorno. Es sorprendente como algo que parece tan trivial para algunos ,puede generar tanto fruto!! Saludos y bendiciones a ti u toda tu familia Priscila.

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