Tengo tres hijos varones de casi 16, 14 y 12 años, y el juego libre siempre ha sido una parte fundamental en sus vidas. Desde que aprendieron a caminar hasta hace unos cuantos años, llevarlos al parque por lo menos dos veces al día era una de mis prioridades. 

Sus juegos, por lo general, consistían en sumergirse en alguna fantasía. Los primeros años, me tocaba a mí ser la princesa rescatada, el monstruo que perseguía a los superhéroes, la señora que compraba gatitos, la mamá del bebé que iba a comer al restaurante, o la niña que controlaba a los personajes del videojuego. En la segunda etapa, ya más grandecitos, yo los veía de lejos, interviniendo solo cuando era indispensable.

Además del beneficio obvio de que gastaran energías y regresaran a la casa más apaciguados, yo notaba cómo esas horas corriendo, saltando, trepando, interpretando personajes, negociando entre ellos, les hacían ganar fuerza física y un mejor equilibrio. Su autoestima y autosuficiencia se elevaban cuando lograban hacer una pirueta, saltar de una roca a otra o correr más rápido que el día anterior.

También me llamaba la atención que, a diferencia de otros niños, ellos podían jugar en cualquier lugar. Me refiero a que, aunque no tuvieran a su disposición otros amiguitos, columpios, resbaladilla, patines o bicicletas, entre ellos siempre había un juego latente que podía desenvolverse cuando fuera y donde fuera. Por más pelón o solitario que estuviera el lugar, nunca se aburrían. Además, aunque sus pleitos y discusiones eran abundantes, notaba cómo después de una sesión de juego al aire libre, las siguientes horas fluían suavemente; parecía que haber trabajado en equipo para encontrarles solución a esos conflictos los llevaba a un estado de cooperación y armonía natural. Y por supuesto, verlos jugar me hacía sentir mucho más cerca de ellos. Cada día conocía un poco mejor la personalidad única de cada uno, sus habilidades, sus inclinaciones, sus reacciones… lo cual me daba información muy importante para realizar mi labor diaria.

Claro que dejar el parque atrás no significaba que el juego había terminado. No. Al igual que cualquier otro niño sano, mis hijos dedicaban casi todas sus horas despiertos a jugar. De todo y con todo. En especial, se la pasaban ensimismados en un juego simbólico utilizando objetos para recrear superhéroes, animales, naves, armas, artefactos, escenarios, o lo que les dictara su imaginación. Era curioso que no solo se limitaban a utilizar los objetos típicos como muñecos, animalitos de plástico o peluches, sino que cualquier cosa a su alcance era útil: legos, plastilina, mis tarjetas de vocabulario, crayones, piezas de ajedrez, los cubiertos de la mesa, las regletas de Cuisenaire y hasta la comida de su plato. 

Muchas veces, al querer empezar nuestro tiempo de actividades académicas, me encontraba con un juego en pleno florecimiento que me era muy difícil interrumpir. Aunque me entraba la típica «culpabilidad de la mamá homeschooler» de no estar haciendo suficiente, de estar dando demasiada libertad, de estar perdiendo el tiempo, de no estar haciendo cosas productivas… algo dentro de mí me decía que las habilidades de negociación que estaban practicando y el estar en armonía con sus hermanos bien podían ser más valiosos que la actividad dirigida que yo había preparado. Entonces establecí una nueva regla para mí misma: si ves que están jugando contentos, con una disposición de resolver civilizadamente cualquier conflicto que surja, déjalos.

Por esa época leí a John Holt y fue muy interesante entender el beneficio de la imaginación y el juego fantasioso en los niños. Tomé las siguientes citas de sus libros Teach Your Own y How Children Learn, y las traduje para ti:


«Los niños utilizan la fantasía no para salirse de, sino para adentrarse al mundo real. […] Debemos resistirnos a la tentación igualmente grande de pensar que esta parte de la vida de los niños es menos importante que aquellas en las que hacen algo “serio”, como leer, escribir, hacer tareas escolares, o algún encargo; para los niños, el juego y la fantasía son uno de los platos principales de la comida, y deben tener la oportunidad de practicarlos no solamente en los pequeños ratos que quedan después de hacer todo el trabajo “importante”, sino cuando están más llenos de energía y entusiasmo. […] Si observáramos a esos niños que no son buenos para jugar, soñar o fantasear, probablemente encontraríamos que por lo general tampoco son muy buenos para leer.»


Aun así, las dudas siempre lograban infiltrarse en mi mente. Pensaba que estas ideas de libertad tal vez eran demasiado radicales y lo único que yo estaba haciendo era que mis hijos se atrasaran académicamente y que vivieran abstraídos de la realidad dedicando su vida a cosas imaginarias. Y cuando veía las actividades hermosas que otras amigas mamás hacían con sus niños, mi culpabilidad crecía pensando que nosotros no hacíamos nada de eso y peor: ni siquiera usábamos las regletas para lo que son.

Entre las mamás se repite mucho la duda: «mi hijo solo quiere jugar, no sé cómo motivarlo a aprender». Y es entendible que nos preocupe tanto, porque para los parámetros de nuestra sociedad consumista y productiva, el juego es una pérdida de tiempo, y la mayoría entendemos que «aprender» tiene que ver con cosas de la escuela o académicas, y jugar solo es ocio y diversión. Se necesita mucho tiempo de observación cercana para asimilar que el juego es una parte vital del desarrollo del ser humano. Jugar ES aprender, y al dar libertad para que se dediquen a ello, también ayudamos a que se fortalezca su conexión consigo mismos, lo cual, a la larga, se traduce en asumir la responsabilidad de su aprendizaje.

En 2018 leí el libro Libres para aprender, de Peter Gray, y fue toda una revelación. Aunque para ese momento mis niños ya eran grandes, ese libro fue la base histórica y científica que confirmó todos los descubrimientos y conclusiones a los que yo había llegado durante su infancia, y me alegré mucho de haber seguido mi intuición. No siempre estuve segura de saber cuál era el camino correcto, pero decidí tomar el riesgo, porque era lo que me indicaba mi conexión con ellos, y acerté.

Esa es la lección para mí. Especialmente ahora que mis hijos están en plena adolescencia y muchas veces no sé qué hacer o dudo de que lo que estamos haciendo sea lo correcto, la lección es no esperar que alguien venga y me diga que lo que estoy haciendo está bien, o me dé «permiso» de continuar así, o me presente la evidencia científica (aunque agradezco profundamente que existan autores que han dedicado su vida a darnos luz); sino que debo dedicarme a seguir fortaleciendo mi intuición y mi relación con mis hijos, porque lo que veo en ellos, aun cuando sea muy diferente a lo que está haciendo el resto, es mi guía a seguir.

Y lo mismo quiero que sea el mensaje para ti. No preguntes qué deberías estar haciendo o si vas bien. No busques guías que te dicten los pasos a seguir. Dedícate a conocer profundamente a tus hijos. Confía en tu conexión con ellos. Confía en tu intuición, en lo que quieres para tu familia y en la forma única en que se están acercando a ello.


«La carencia del juego en libertad tal vez no mate el cuerpo, como la falta de comida, de aire o de agua, pero mata el espíritu y atrofia el desarrollo mental. El juego en libertad es el medio por el que los niños aprenden a hacer amigos, a vencer sus temores, a resolver sus propios problemas y, en general, a controlar sus propias vidas. Es asimismo el medio básico por el que los niños practican y adquieren las capacidades físicas e intelectuales esenciales para el éxito en su cultura. Nada que hagamos por ellos, incluidos los juguetes, el tiempo de calidad y el entrenamiento que les proporcionemos, puede compensar la libertad que les quitemos. Lo que los niños aprenden con sus propias iniciativas, en el juego libre, no puede enseñarse de otra manera. […] Al jugar con otros niños, lejos de los adultos, los niños aprenden a tomar sus propias decisiones, a controlar sus emociones e impulsos, a apreciar el punto de vista de los otros, a negociar las diferencias con los otros y a hacer amigos. En pocas palabras, con el juego los niños aprenden a controlar sus vidas.» Peter Gray, Libres para aprender.

Artículo para la revista 
Repensando la educación
Enero de 2022

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