He escuchado esta pregunta muchas veces por los últimos quince años de mi vida, desde que mis papás decidieron sacarnos de la escuela a mis hermanas y a mí. Existe una preocupación generalizada de que si los niños no van a la escuela, perderán una parte muy importante de su desarrollo social. Y por otro lado, existe la fuerte creencia de que la escuela es el lugar más importante para que los niños socialicen.

Bueno, pero… ¿qué hay de la socialización?

Para contestar esa pregunta, primero me gustaría que tú te contestaras las siguientes preguntas:

1. ¿Cuánto tiempo real de la escuela se le dedica a la socialización?
2. ¿De qué maneras la escuela te proporcionó herramientas para socializar eficazmente?
3. Piensa en las personas más antisociales que conoces (según tu definición), ¿fueron a la escuela?

Te voy a platicar de algunas personas que conozco (o conocí) y algunas características de sus habilidades sociales:

1. Mi abuelo nació en la década de los veintes y tuvo una infancia muy dura. A los doce años su papá lo corrió de su casa junto con sus hermanos y cada niño se abrió paso en la vida como pudo. Cuando yo lo conocí, era el hombre más culto que he visto. Siempre detrás de su escritorio, con alteros de libros a ambos lados, estudiando, investigando, escribiendo. Tenía algunos buenos amigos con quienes le gustaba irse a tomar un café de vez en cuando, pero no disfrutaba mucho de reuniones sociales. Su mayor deleite era pasarse el día entero en su cuarto lleno de libros con olor a naftalina, estudiando y escribiendo. Mantenía correspondencia con personas en Rusia, Inglaterra, Israel, Estados Unidos. Les escribía a las editoriales de libros o revistas para informarles que había encontrado un error de ortografía o redacción en sus textos.

2. Conozco jovencitos de entre doce y quince años, hijos de amigos y parientes, que siempre han ido a la escuela pero que sólo se relacionan con su pequeño círculo social de amiguitos. En reuniones familiares, si no hay niños de su edad, se la pasan en un rincón, serios, sin platicar. Les da pena hablar con adultos y difícilmente responden a tu saludo.

3. Hace mucho tiempo conocí a un niño de unos ocho años. Tenía una carita brillante, con unos ojos enormes y una gran sonrisa. Estaba platicando en perfecto inglés con dos hombres mayores de cincuenta años, estadounidenses. La escena captó mi atención porque aquel niño hablaba con tal soltura y entusiasmo, que tenía a los hombres totalmente embelesados. Después conocí mejor a ese niño. Era hijo de una familia mexicana que educaba en casa. Tenía una relación muy estrecha con sus papás y con sus hermanos mayores y menores que él. Era cortés y solícito con cualquier persona. Amable con los adultos, cuidadoso con los pequeños, definitivamente uno de los niños más sociables que he conocido.

En el caso de mi abuelo, aunque no terminó la escuela, supo salir adelante en la vida y formar una familia. No era sociable por naturaleza, pero sí poseía las habilidades sociales que le permitían relacionarse con quienes compartían sus intereses o podían brindarle recursos para alcanzar sus metas.
En el caso de los jóvenes que sí han ido a la escuela, evidentemente su personalidad es de por sí introvertida, pero la escuela no les ha dado las herramientas básicas para saber cómo integrarse a su círculo social más cercano.
Y finalmente, en el caso del niño brillante, aunque su personalidad era de por sí abierta y extrovertida, sus padres tuvieron una fuerte influencia sobre él y le proveyeron de las herramientas necesarias para relacionarse adecuadamente con su familia primero, y después, con el resto de la sociedad.

A mí me parece como que existe una confusión en nuestro concepto de socializar. Creo que cuando hablamos de socializar, en realidad lo que queremos decir es «convivir». Convivir significa «vivir en compañía de otro u otros», mientras que socializar es «promover las condiciones sociales que favorezcan en los seres humanos el desarrollo integral de su persona», y para favorecer el desarrollo integral de una persona hace falta más que sólo convivir en un salón con otros treinta de tu misma edad.

En la escuela sí convives, pero no socializas, porque…

No obtienes las herramientas necesarias para relacionarte con otros

Al menos en mi experiencia, yo no recuerdo que en la escuela me hubieran enseñado a relacionarme adecuadamente con las demás personas. Me acuerdo que en la primaria me enseñaron algunas normas de urbanidad como ponernos de pie cuando entraba algún maestro, tirar la basura en su lugar, o asistir bien aseados. No recuerdo que me hubieran enseñado a saludar a adultos o cómo dirigirme a ellos.
Lo que sí me enseñaron muy bien fue a obedecer sin cuestionar, a guardar silencio SIEMPRE, y a pedir permiso para TODO lo que necesitaba hacer: ir al baño, entrar o salir del salón, sacarle punta al lápiz, hacer una pregunta, etc.

Nunca supe realmente cómo comportarme, porque por un lado quería tener buenas calificaciones, pero por el otro, no quería que se burlaran de mí como se burlaban de la niña que tenía el primer lugar en el cuadro de honor. A veces tenía conflictos con mis compañeros y nos peleábamos, pero nadie nos enseñaba cómo resolver nuestros problemas. Nos insultábamos, nos dejábamos de hablar. Tratábamos de no decirle a la maestra, porque no queríamos ser tachados de «chismosos», pero cuando la maestra se enteraba del asunto, la solución era levantarles un reporte a los involucrados y obligarlos a «pedirse una disculpa». Los conflictos llegaron a ser tan amargos, que saliendo de clases, en el baldío junto a la escuela se armaban las peleas. Sé de algunas compañeras que hasta la fecha siguen recordando con amargura a otras.

No aprendes a trabajar en equipo

En la escuela se habla mucho de trabajar en equipo, y a las maestras les encanta dejar tareas «en equipo», pero no proporcionan las herramientas precisas para hacer un verdadero trabajo en equipo.
Yo tuve muy malas experiencias trabajando en equipo. Era frustrante. Siempre me tocaba la mala suerte de trabajar con los flojos del salón y entonces yo hacía el papel de arriero detrás de ellos, insistiéndoles que trabajáramos. En una ocasión estaba tan frustrada que dejé de insistirles que hicieran su parte. Yo me dediqué a hacer el trabajo por mi cuenta y cuando terminé fui con la maestra y se lo entregué diciéndole que sólo yo había trabajado y mis compañeros no. A ellos yo no les dije nada, y cuando supieron que estaban reprobados mientras que yo tenía diez, perdí su amistad para siempre.

Ahora que lo pienso, me pregunto: «si el objetivo de la tarea era fomentar el trabajo en equipo, ¿por qué no nos dieron las herramientas para saber cómo organizarnos, aportar nuestras habilidades y hacer un verdadero trabajo en equipo?, ¿por qué cuando le entregué mi trabajo individual a la maestra, me lo recibió?, ¿por qué no me animó a aprender las herramientas para persuadir a mis compañeros y poder trabajar en equipo con ellos?»

No aprendes a tener una identidad propia

En un grupo de individuos de la misma edad se crea un fenómeno que se llama «presión de grupo». Esta presión consiste en que los niños (o jóvenes) necesitan competir por la aceptación de los demás, ya que su identidad depende de ello, y entonces son capaces de hacer lo que sea con tal de ser aceptados socialmente. Como cuando yo tuve un desempeño mediocre porque no quería ser rechazada como la niña del cuadro de honor, o como cuando en la secundaria, la opinión de mis amigas llegó a ser más importante que la opinión de mis papás, aun cuando implicaba que yo usara cierta marca de ropa, fumara, mintiera para encubrirlas, o me hiciera la pinta. Quería ser aceptada por ellas y no me importaba tener bajas calificaciones u obtener sanciones, con tal de conservar su amistad.

En una situación donde hay presión de grupo, las figuras de mayor experiencia, como los maestros o los padres pierden su capacidad de influencia y se convierten en el «bando enemigo».
Quiere decir, entonces, que además de depender de otros para tener una identidad, la presión es tan fuerte que pone en riesgo el marco de valores que se les ha inculcado en su hogar a los estudiantes.

No aprendes a relacionarte con todo tipo de personas

En cuanto a estar con compañeros de tu misma edad, yo no sé de dónde salió esta idea. Supongo que lo decidieron así para facilitarles el trabajo a los maestros y planear los contenidos de las clases, pero desde el punto de vista social, creo que es la idea más antinatural que existe. ¿En qué situación natural te has encontrado tú con otros treinta de tu misma edad? (obviamente, la escuela no es una situación natural), ¿entonces para qué te prepara el pasar veinte años de tu vida sólo con gente de tu misma edad?

Si esta idea en verdad propiciara la socialización, ¿no crees que en vez de parir un solo niño, deberíamos parir tres o cuatro en una sola vez? Así los niños podrían socializar mejor y le facilitarían la vida a la mamá, porque todos aprenderían lo mismo, al mismo ritmo, ¿no crees?
Por supuesto que no. En una familia hay individuos de diferentes edades: abuelos, padres, hijos jóvenes, niños y bebés, para favorecer una socialización completa, en la que los mayores ayudan a los menores y los menores aprenden y son inspirados por el ejemplo de los mayores.

No aprendes a integrarte a la sociedad real

socializaciónAl reunir individuos de la misma edad en una situación no natural, también se crea una sociedad ficticia. Recuerdo que los muchachos «populares” de la secundaria y la prepa, eran los más flojos, irresponsables y burlones. Ellos eran los reyes de la sociedad. Todos querían ganarse el favor de estas personas con tal de no ser víctimas de sus escarnios, y les ayudaban a hacer tareas o a pasarles respuestas en los exámenes. Cuando estos individuos populares salen de la escuela, se les acaban sus días de gloria y tienen que enfrentarse al mundo real, y al no haber adquirido herramientas útiles, se dedican a hacer lo que sí aprendieron bien: vivir a expensas de otros, ganar dinero haciendo transas o manipular a otros para ganarse su lealtad.

Necesitamos darles herramientas útiles a nuestros hijos para que gocen de una socialización eficaz

A mí me gusta pensar en la socialización como algo más que simplemente convivir con otros: como un proceso que favorece relaciones sinérgicas con quienes soy afín, y para que nuestros hijos gocen de esos beneficios, nosotros debemos tener una estrategia de socialización.

¿Te gustaría saber cómo puedes darles herramientas a tus hijos para que se relacionen sinérgicamente con otros?

Te invito a conocer esta herramienta.
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Acerca de la autora

Priscila Salazar es la autora del blog Supraescolar en el que a través de reflexiones claras y profundas, te inspira a usar tu privilegio de papá o mamá para impulsar a tus hijos a dirigir su propio aprendizaje.
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